Cobertura de un vacío

Aliosha Márquez Alvear

» Presentación de la obra

La figura de alguien que nunca sabré quien es, pero que irrumpe en mi conciencia al modo de una aparición fotográfica, de espectro mudo, silencioso, me indica la evidencia del fracaso de la expectativa sobre la fotografía como alegoría de la historia. Como afirma Bataille, todo es parodia de todo; nada puede alcanzarse porque la imagen impide, obstaculiza la posibilidad de acceso a algo que se pretende más verdadero… La fotografía es la superficie que es la parodia de la apariencia de todo sujeto. La fotografía es parodia y alegoría a la vez. Parodia justamente como imitación arrogante de todo lo que ingresa en su superficie, fragmento que se impone a la razón como “relámpago histórico”. Si la fotografía es desprovista de la determinación textual, se extrema la superficie; la hondura de la perspectiva queda suspendida y atrapada en la superficie elocuente. Estas fotografías impiden el acceso al mundo, son una pantalla en la que la significación se devuelve al sujeto que mira y en este acto queda a la deriva sobre sí mismo. Qué puedo decir de esta aparición espectral que de repente enfrenta mi mirada… ¿Puedo pensar la fotografía como texto de algo no dicho? ¿Como ausencia irrefutable e irrenunciable? ¿Como experiencia material del olvido? Si aceptamos todo esto estamos a contrapelo de la tradición cultural que explica la fotografía; pero ¿es posible explicar la fotografía? ¿es posible aventurar el sentido de la fotografía? La fotografía es puro olvido… La parodia es una alegoría mal intencionada, estas fotos son alegoría de su autor. Las fotografías de Aliosha son alegorías indescifrables de su propio acontecer, ya no como fotógrafo, sino como autor. La fortaleza de estas imágenes es que expanden sus posibilidades, precisamente, porque no están atadas a la información y en esta libertad aparece lo difuso del contenido simbólico. Tantos años de informar lo que pasa en el devenir histórico, de instalar imágenes en la tradición informativa que dependen del editor y del texto y del medio informativo y de la circulación… Aliosha hoy se desprende de estas ataduras y nos exige que aprendamos a leer “sus fotografías”. Estas son susurros (como cuando él habla) que obstruyen la literalidad y delinean un campo expresivo dramático. No es la acción lo que determina a estas fotografías, sino más bien el espacio; son escenarios en que algo va a ocurrir o ya ocurrió, es, por lo tanto, la posibilidad, la apertura. Si la literalidad cierra el significado, en este caso el territorio que se propone ofrece una alternativa, un riesgo, un sentido que revela al autor y que interpela al espectador. Esta interpelación se da por una condición propia de la fotografía: toda foto siempre está “llena” de contingencia, de materialidad, no puede ser de otra manera, pero estas imágenes están llenas de vacío. Es decir, el ojo de Aliosha se detiene en el vacío o, más bien, en la cobertura de este vacío que en sus vestigios aluden a lo que no podrá ser más; de alguna manera a cierto fracaso de la condición humana. Por otro lado, no es el brillo resplandeciente, sino la penumbra, el ocaso, esa luz que se está apagando, o esa luz que apenas alumbra un territorio frágil frente a la amenaza de la oscuridad; este escenario penumbroso es flanqueado por el vacío radical de la fotografía que es la ausencia definitiva de la luz; esta es la dirección irrevocable y existencial de estas fotografías.
Esta muestra nos convierte en testigos de una transformación clave para el su autor; la transición de un soporte material (negativo) a uno puramente lingüístico (digital) y no es casual que a través de este nuevo medio Aliosha abra su archivo y desde esta inmaterialidad técnica conjure el vacío.

(extracto de texto de José Pablo Concha)